Carl von Clausewitz, el militar prusiano que en el siglo XIX convirtió a la guerra en una suerte de filosofía o ciencia, decía que “la guerra era la continuación de la política por otros medios”. Lo razonable es pactar diplomáticamente, políticamente, los asuntos entre estados. La guerra surge cuando se producen grandes perturbaciones internacionales que generan desconfianza entre las naciones y luego el miedo a ser dominadas. Así, pues, la guerra es, entre otras cosas, una falta de fe en la posibilidad política de solucionar una crisis internacional.
Para el derecho internacional, la guerra significa formalmente la suspensión del derecho civil que rige a nuestras sociedades en tiempos de paz. Este es reemplazado por códigos internacionales que rigen tanto la conducta de los soldados en combate, así como la suerte de los civiles y de la propiedad pública y privada en las zonas de guerra. Allí donde el entendimiento pacífico entre naciones ya no resulta posible, se abre este horrendo hiato de muerte y destrucción regulado por un derecho especial que no siempre se cumple: “las leyes de la guerra”.
La Primera Guerra Mundial, entre 1914-1918, implicó por primera vez en la historia humana la “movilización total” de las sociedades industriales para hacer la guerra. De esta movilización total nació la idea fuerza del pensamiento político totalitario, el cual emergió directamente de los campos de batalla de Europa.
A partir de entonces, el concepto de la guerra como la continuación de la política por otros medios se transformó en algo mucho peor: la acción política devino en una máquina de guerra operada por “soldados políticos”, quienes implacablemente ocupaban a sus propias sociedades, de las cuales extirpaban a sangre y fuego a sus enemigos, despreciando las leyes civiles. La política se apropió, con Sorel y Lenin, de la filosofía racional de la guerra, convirtiéndola en una ideología para la toma violenta y total del poder. La reacción contra la implacable violencia política del leninismo simplemente replicó las técnicas de Lenin y Trotsky, para contraatacar con igual ferocidad.
El comunismo leninista, el estalinismo y el maoísmo, así como también el nacional socialismo, incorporaron a tal punto la violencia armada para someter a la población y hacerse del poder, que esta les parecía a sus militantes parte consubstancial y natural de su filosofía política. Aún hoy en día, después del colapso del marxismo-leninismo en 1991, existen movimientos que se reclaman de la violencia armada como filosofía política para ejercer su dominio sobre comunidades a las que aterrorizan, como lo hacen Sendero Luminoso o las FARC. Para ellos, la guerra y la política son indistinguibles.
Paralelamente al uso de la violencia armada en la política, se descubrió que los juicios también eran la continuación de la política por otros medios, con la ventaja de que aquí la “escenificación” del proceso le daba un aire de legitimidad a la tiranía, pues a los ojos de las masas había una semblanza de “justicia”, pero puramente inquisitorial. Los procesos de Moscú de 1936 y 1938, los tribunales nacional socialistas de 1944, donde los jueces vituperaban a los reos, los procesos de Praga de 1950 a 1952, los masivos juicios populares maoístas de 1948 y 1966, los juicios populares polpotianos de 1975, todos ellos terminaban inevitablemente en una sentencia que tanto los jueces como los reos ya sabían de antemano: la muerte o el campo de concentración.
Hoy en día, hay internacionalmente una creciente tendencia a judicializar la política, esto es, a imponer mediante sentencias interpretaciones políticas de ciertas normas que en el terreno legislativo no resistirían a un debate parlamentario. Paralelamente, también se arrastra a los políticos y a los funcionarios a juicio para desacreditarlos a ellos y a sus gobiernos. Es cierto que algunos de estos terminan siendo verdaderamente culpables, pero aquí lo realmente importante es observar como el proceso va transfigurándose en un instrumento de guerra política a través de la presión mediática y las resoluciones judiciales ideologizadas.
Dramaticamente cierto. Mani pulite, en Italia no ha sido otra cosa que el uso de la ” justicia ” por fines politicos.
Desdé el 1992 a hoy, el partido de los jueces todavia tiene bajo ” jaque ” la politica italiana.
Saludos Dr. Tudela, como siempre excelente análisis. Quisiera comentar algo sobre el tema de Sendero Luminoso. durante 12 años estuvimos en una franca guerra entre las fuerzas militares peruanas y SL, tanto en los andes como en la ceja de selva, y como en toda guerra hubo excesos de ambos lados, las fuerzas especiales de la Marina, los sinchis de la policia, hasta llegar al grupo Colina. Pero luego de la Comisión de la Verdad, con fuerte influencia de la izquierda peruana, hubo muchos juicios a militares y muchas reparaciones civiles a familiares de terroristas, hasta decantar en el enjuiciamiento a Fujimori y “demostrar” su culpabilidad aplicando una figura de que con su pensamiento “logró influenciar” ordenando ejecuciones al grupo Colina (algo telepático, tal vez). Fue un juicio político donde el juez y el fiscal ahora ocupan los más altos cargos en la justicia peruana. Crrería que ahora estamos en una época de continuar una guerra en los tribulanes ante los políticos que son de oposición. Saludos!!
Me temo que la judicialización de la política esta aquí para quedarse, lo que está muy mal, pues ha devenido en un instrumento de intimidación y opresión donde toda falacia vale, más que en una manera de dar justicia en el sentido usual que esa palabra tuvo para nuestra civilización. Cuando la judicialización de la política sea absoluta, nos sentiremos inermes por la ausencia de justicia.
Muy sinceras felicitaciones por los análisis.
Es mi primera visita a esta web y voy a recomendarla. Agradezco al Dr. Tudela por compartir sus interesantes opiniones el público.
¡Bienvenido!
Dentro el pragmatismo exhibido por Humala tendría bien considerar a Tudela como canciller, lo que requiere el país es una visión práctica del mundo para insertarse en la mejor manera y no de la manera idiotologica del actual canciller.
Me retiré de la política cuando tenía 45 años de edad.